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La inmensidad de Chile y la grandeza de lo pequeño: un viaje desde la alta sensibilidad

7 de noviembre de 2026 sensibil Comments Off

Hay viajes que comienzan mucho antes de llegar a su destino, que se inician en el instante en que uno se asoma a la ventanilla de un avión y descubre que, bajo sus pies, el mundo se extiende con una inmensidad que difícilmente alcanzamos a comprender cuando vivimos apresurados, pendientes de nuestras obligaciones y de esas preocupaciones que, en la cercanía de lo cotidiano, a veces parecen ocuparlo todo.

Este viaje a Chile, en el que tengo el honor de representar a PAS ESPAÑA, está siendo para mí mucho más que un desplazamiento al otro lado del océano. Desde el momento en que sobrevolábamos Brasil, contemplando la grandeza de Sudamérica desde el cielo, comencé a sentir que me encontraba ante una experiencia que iba a dejar una huella profunda en mí, como si aquella tierra inmensa, que se extendía más allá de lo que mis ojos podían abarcar, me estuviera invitando a detenerme, a mirar de otra manera y a reconocer, con una mezcla de emoción y humildad, qué pequeños somos los seres humanos ante la grandeza de la naturaleza.

Y, sin embargo, esa sensación de pequeñez, lejos de entristecerme, me ha producido una profunda serenidad, porque cuando comprendemos que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos, también empezamos a entender que no necesitamos ocupar el centro de todo, que tal vez nuestra tarea sea aprender a escuchar, a respetar y a cuidar aquello que nos rodea, siendo conscientes de que nuestra presencia en este mundo es breve, pero de que la huella que dejamos en los demás y en la naturaleza puede permanecer mucho tiempo después de nuestro paso.

Al llegar al desierto de Atacama, esa sensación se hizo todavía más intensa, porque hay lugares cuya belleza no se impone con ruido, sino que se revela poco a poco, en el silencio de la tierra, en la inmensidad de sus horizontes, en el perfil de los volcanes que parecen custodiar el paisaje y en esa luz que transforma los colores de las montañas mientras el día avanza, como si la naturaleza quisiera recordarnos que todo cambia, que todo tiene su tiempo y que para apreciar lo verdaderamente valioso necesitamos mirar con atención.

El desierto, que desde lejos podría parecer vacío, está lleno de vida y de enseñanzas para quien se detiene a observarlo, porque entre la aridez de la tierra aparecen el agua, la vegetación, los animales y los pequeños gestos de una existencia que ha encontrado su manera de abrirse camino, mostrándonos que la vida puede ser frágil y resistente al mismo tiempo, y que incluso en los lugares que parecen más difíciles puede surgir la belleza cuando aprendemos a reconocerla.

Contemplar el salar de Atacama, con sus aguas, sus aves y las montañas al fondo, me ha hecho pensar en cuántas veces pasamos junto a la belleza sin llegar a verla, no porque esté escondida, sino porque nuestra mirada está ocupada por las prisas, por el ruido o por la necesidad de llegar siempre a alguna parte, olvidando que hay momentos que no necesitan ser conquistados ni explicados, sino simplemente vividos, respirados y guardados en el corazón.

Como persona que vive y trabaja desde la alta sensibilidad, he sentido estos paisajes de una manera difícil de expresar con palabras, porque no se trataba únicamente de ver las montañas, los colores o el agua, sino de dejar que todo ello resonara en mi interior, de percibir la emoción que nace de la contemplación y de aceptar que hay experiencias que nos conmueven precisamente porque nos conectan con algo que está más allá de nosotros, recordándonos que la sensibilidad, cuando nos permitimos escucharla, puede convertirse en una forma profunda de encuentro con la vida.

En los géiseres del Tatio, al observar cómo el vapor emergía de la tierra y se elevaba en el aire frío, tuve la sensación de estar contemplando la respiración de nuestro planeta, esa fuerza que permanece activa bajo nuestros pies y que, aunque no siempre podamos verla, nos recuerda que habitamos un mundo vivo, antiguo y poderoso, del que dependemos mucho más de lo que a menudo queremos reconocer. Allí, ante la fuerza silenciosa de la tierra, nuestras certezas parecen hacerse más pequeñas y uno comprende que la humildad no consiste en sentirse insignificante, sino en reconocer el valor de aquello que existe más allá de nosotros.

También pensé en las comunidades que han habitado y cuidado estos territorios durante generaciones, en su conocimiento de la tierra y del agua, y en todo lo que podemos aprender cuando nos acercamos a un lugar con respeto, conscientes de que no llegamos a un espacio vacío, sino a un territorio vivo, con memoria, con cultura y con personas que mantienen vínculos profundos con él. Viajar también debería enseñarnos a escuchar esas historias, a comprender que cada paisaje está unido a quienes lo habitan y a agradecer la generosidad de quienes nos permiten acercarnos a su tierra.

En medio de esta experiencia, me vino a la memoria El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y esa invitación a mirar más allá de las apariencias, a recuperar la capacidad de asombro y a comprender que los vínculos, el tiempo que dedicamos a los demás y el cuidado que ofrecemos son los que dan profundidad y sentido a nuestra existencia. Quizá por eso el desierto, con su silencio y su aparente sencillez, se convierte en un lugar donde resulta más fácil escuchar aquello que en otros momentos queda oculto bajo el ruido de la vida diaria, como si al mirar un horizonte tan amplio también se abriera un espacio dentro de nosotros para preguntarnos qué es lo que de verdad importa.

Y, al encontrarme con los burritos que viven libres en aquella tierra, no pude evitar recordar a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y la ternura con la que su autor nos enseñó a acercarnos a un animal, a un paisaje y a la vida misma, descubriendo en lo aparentemente sencillo una profundidad inmensa. Aquellos animales, caminando entre la tierra y las montañas, me hicieron sentir una emoción especial, porque en su presencia había algo sereno y humilde que parecía recordarme que la grandeza también puede encontrarse en la fragilidad, en la compañía silenciosa y en la mirada respetuosa hacia otros seres con los que compartimos el mundo.

Quizá una de las lecciones más profundas que me llevo de este viaje sea precisamente esa: que ser pequeños ante la inmensidad no significa que nuestros actos carezcan de importancia, porque, aunque no podamos cambiar por nosotros mismos la extensión de un desierto ni la altura de una montaña, sí podemos cambiar algo en la vida de las personas que encontramos en nuestro camino, podemos elegir nuestras palabras, ofrecer nuestra ayuda, actuar con honestidad y hacer el bien en ese espacio cercano en el que nuestra presencia sí alcanza a los demás.

Hacer el bien no siempre exige grandes gestos ni reconocimientos, porque muchas veces comienza en la forma en que escuchamos a una persona que necesita ser comprendida, en la paciencia con la que acompañamos su sufrimiento, en el respeto con el que tratamos a quienes piensan o sienten de manera diferente y en la responsabilidad con la que cuidamos los lugares que visitamos, sabiendo que cada acto, por pequeño que parezca, forma parte de la huella que dejamos en el mundo.

Desde PAS ESPAÑA trabajamos para que la sensibilidad sea comprendida y valorada, y este viaje me recuerda por qué esa tarea es tan importante, porque una mirada sensible puede ayudarnos a percibir la belleza, pero también el sufrimiento, la vulnerabilidad y las necesidades de los demás, y esa percepción, cuando va acompañada de reflexión y de compromiso, puede convertirse en una invitación a construir relaciones más humanas y una sociedad más respetuosa con las personas y con la naturaleza.

Me llevo de Chile la emoción de haber contemplado paisajes que permanecerán para siempre en mi memoria, pero, sobre todo, me llevo la gratitud de haber sentido que este viaje está transformando algo en mí, enseñándome a mirar con más humildad, a valorar con mayor profundidad lo que me rodea y a recordar que, aunque seamos pequeños ante la inmensidad de la tierra y del universo, tenemos entre nuestras manos la posibilidad de hacer que nuestro paso por este mundo sea más amable, más consciente y más generoso.

Porque quizá ahí resida una de las grandes enseñanzas del desierto: en comprender que no necesitamos ser inmensos para hacer algo valioso, que basta con mirar de verdad, con cuidar aquello que amamos y con procurar que, allí donde estemos, nuestra presencia deje un poco más de bien, de comprensión y de belleza de la que encontramos al llegar.

 

Antonio Chacón

Secretario General de PAS España

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