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Supervivencia de la especie: genética versus cooperación. Lecciones aprendidas de Gattaca

4 de agosto de 2024 sensibil Comments Off

Una de las críticas más repetidas que recibimos quienes trabajamos en Alta Sensibilidad vienen de otros profesionales de la salud física y mental. Hay detractores que señalan que hablar de los temperamentos diferenciales no es sino otra manera de crear etiquetas. Pero si hay algo que está en el ADN de PAS ESPAÑA es la lucha contra las etiquetas. Tratar de procurar luces a cierta forma de interactuar en el ambiente, no es generar una nueva etiqueta.


Porque de hecho, la sensibilidad ambiental no es un concepto nuevo sino uno antiguo con un nuevo enfoque. El problema real surge cuando, con este nuevo punto de vista, las antiguas costumbres del cerebro humano de clasificar crean esas etiquetas. Y es aquí donde surgen los inconvenientes. Pues en estos casos las etiquetas se convierten en cajas rígidas en las que algunos encasillan a otros y bajo esa denominación (que puede ser autoimpuesta o colocada por un tercero) esperan comportamientos diferentes por parte de terceros. Esto no solo limita la percepción que tenemos de una persona, sino que también puede influir en su autoestima y a final de cuentas en su potencial humano.


Es importante entender que cada persona es única, al igual que lo es su respuesta a los estímulos del entorno. Pues aunque vengamos con la misma carga genética (que no es el caso) nuestra forma de interactuar con el medio ambiente es diferente. Y de ello hablan constantemente los estudios sobre gemelos idénticos. Esto nos recuerda que, aunque la genética puede influir en nuestras vidas, no define nuestro potencial humano en absoluto. Es por eso que es crucial evitar etiquetar a las personas según sus características genéticas y reconocer que cada individuo tiene su propia capacidad de superar los retos del camino. Sino, recordemos la película GATTACA de finales de los 90’s. En un mundo donde los seres humanos eran “fabricados” con una determinada carga genética llena de excelencias, la voluntad y la determinación del protagonista (ayudada por el ingenio de colaboradores que iban en contra del sistema) lograron que pudiera saltar todas las barreras biológicas que en teoría estaban destinadas a bloquear su potencial.


Y hago bastante énfasis en esta parte genética, pues muchos se empeñan en comentar la información de los estudios genéticos como si fueran una guía de instrucciones de cómo debe ser la vida de alguien. Y en algunos casos, los medios se han hecho eco de que a tal o cual famoso se le ha detectado X probabilidad de sufrir Y enfermedad y hablan de ello con una visión de futuro que ni el mismo Nostradamus. Lo digo en muchas de mis formaciones y no dejaré de repetirlo. La carga genética no es más que la descripción de los ingredientes de una receta. Al final, el resultado de esa receta va a depender más del cocinero que de los ingredientes. Y no hace falta ahondar mucho en esta comparativa, pues los canales de televisión están repletos de concursos culinarios donde cocineros noveles estropean hasta el manjar más delicado y expertos chefs logran verdaderas delicias con las sobras de la nevera.

En resumen, nada viene determinado por la etiqueta de “manjar o sobras”, todo depende de las experiencias vividas (y de su interpretación) de quien “cocina su vida”.

Además, tanto en la formación PAS como en otros foros damos pinceladas al concepto de epigenética (del griego “por encima de la genética”) y que no se refiere más que a la ciencia que estudia los cambios que activan o inactivan los genes (sin cambiar la secuencia del ADN, o sea sin cambiar (mutar) los ingredientes de la receta). Esta activación o no viene dada por la edad y la exposición a factores ambientales (estilos de vida, alimentación, ejercicio, gestión del estrés, ingesta de medicamentos, contacto con sustancias químicas, etc). Estos cambios modifican el riesgo de enfermedades y a veces pasan de padres a hijos. Pero en definitiva lo que vienen a contarnos es que los genes no son deterministas.


Esta disertación la escribo justo luego de asistir a una formación sobre farmacogenómica y medicina de precisión. Estos términos suenan complicados, pero en realidad son bastante sencillos. La farmacogenómica se enfoca en cómo los genes afectan a la manera en que los medicamentos son procesados por el cuerpo. Y la medicina de precisión es el nuevo enfoque por el cual en lugar de plantear un mismo tratamiento a todos, se personaliza el tratamiento según las características únicas de cada persona (genéticas, ambientales, culturales, etc.). Que la medicina occidental esté planteando estos parámetros de individualización de lostr atamientos no es algo novedoso. Es de nuevo un concepto antiguo con un enfoque novedoso (el de la Ciencia basada en la evidencia). De hecho, esta forma más integrativa de ver a las
personas es algo que la medicina oriental y la ayurvédica ya ponían en práctica (y sin saber de genes, moléculas, ni bacterias buenas o malas). Estas disciplinas reconocen la individualidad de cada persona y por lo tanto ante una misma afección, el tratamiento puede diferir enormemente entre un individuo y otro. Por ejemplo, en la medicina china, se considera que cada persona tiene un equilibrio único de energías y se utilizan diferentes tratamientos para restaurar ese equilibrio. Y si hablar de “energías” suena “a chino”, basta con introducirse en los estudios de técnicas como la estimulación magnética transcraneal utilizada para trastornos de la función cerebral. En el fondo, el concepto de equilibrio de energías no está tan lejos hoy en día entre la medicina occidental y la oriental.


Ahora bien. Lo interesante de la farmacogenómica y de la medicina precisión es que la frase “cada cabeza es un mundo” cobra mayor importancia. Y esto es algo que los profesionales de la salud deben incorporar bien. Ya que no es únicamente si una persona presenta tal o cual gen en su mapa genético, sino que ahora más que nunca es importante el quién, cómo, dónde, desde cuándo, etc. ¿Por qué? Porque con ello se puede definir un poco más por qué un mismo tratamiento no es igualmente efectivo en una persona que en otra. También explican por qué en un mundo con mayor prescripción y toma de medicamentos para ansiedad y depresión de todos los tiempos, los números de suicidios han aumentado a nivel mundial (primera causa de muerte no natural en España en los últimos años). Una cifra nada desdeñable cuando se estima que casi el 60% de las personas que sufren depresión no responden completamente a los antidepresivos de primera línea y se prevé que alrededor de una de cada tres personas no responda en absoluto ¿Qué quiere decir esto? Pues que aunque un profesional esté recetando el medicamento adecuado (según las guías médicas) en más de la mitad de los casos puede darse la probabilidad de que ese tratamiento no haga efecto. Es decir, que aunque el paciente cumpla con la toma regular de su prescripción, en realidad es como si no tomara nada. Lo que convierte el tratamiento en un proceso de ensayo y error de terapias carentes de eficacia para encontrar los agentes psicoterapéuticos y las dosis adecuadas. Pero el ensayo y error es muy común en medicina. Sí, si lo es. Pero en el caso de la depresión el quid está en que por cada antidepresivo posterior prescrito, la probabilidad de remisión disminuye significativamente y cada vez oímos más hablar sobre el trastorno depresivo persistente. Y ante estas preocupantes cifras, es evidente que en el seguimiento de estos pacientes la acción conjunta de médicos, psicólogos, terapeutas y profesionales en general que integren a la persona como el todo que es (cuerpo, mente, espíritu y entorno) se hace más necesario cada día.


Por eso a veces me da por pensar que la gente no se toma suficientemente en serio la idea de las diferencias individuales, y mi incursión en la Alta Sensibilidad es lo que más me ha hecho darme cuenta de ello. Sí, se habla mucho de la gran diferencia entre quienes puntúan alto en la sensibilidad de procesamiento sensorial (PAS) y los que no. Pero, tal vez se habla poco de las diferencias entre las mismas PAS. Y estas diferencias son importantes ya que justifican plenamente por qué personas que muestran un sistema nervioso diseñado genéticamente para el procesamiento profundo de la información (cerebros con alta entropía) pueden tener visiones tan diferentes del mundo. De hecho, en el último trabajo de Pluess se vuelve a hacer énfasis en el concepto de sensibilidad ambiental y por qué personas que se identifican con un rasgo, presentan sus propias diferencias y explican por qué individuos distintos responden de manera diferente a las mismas experiencias. No obstante, con base en esa diferencia lo que se busca es potenciar el enfoque de la “sensibilidad de ventaja” donde se promuevan desde la más tierna infancia intervenciones basadas en la promoción de resultados positivos más allá de la prevención de resultados negativos (método del “aprendizaje en la era industrial”).


¡Y ojo! No voy a terminar haciendo un llamado a buscar responsables en nuestra sociedad moderna, en el mundo occidentalizado, o en juzgar los ambientes pobres o enriquecidos, etc. Y mucho menos caer en discusiones sobre la naturaleza humana (Rousseau versus Voltaire) para justificar las diferencias e individualidades de las personas. No. La idea no es buscar a un tercero para señalarle con el dedo. La idea es que la aceptación de estas diferencias es lo que nos asegura una mayor adaptación a este mundo tan cambiante. Sabemos que en un primer momento necesitamos de las generalizaciones para hacer predicciones rápidas que permitan diseñar planes o estrategias de acción y que nos ayuden a enfocar una problemática de forma más eficiente. De hecho, a nuestro cerebro se le da de maravilla generalizar y simplemente adelanta las predicciones en cuanto a la individualidad de una persona para comprender y empatizar con dicha persona hasta que sepamos más de ella. Pero esta es la parte que hay que trabajar más.Trabajar el “hasta que sepamos más”. Y esta parte no es tan espontánea ni predictiva. Este “saber más” por lo general implica un proceso, un trabajo y en definitiva un entrenamiento. Y esto ya es algo que nuestros cerebros no hacen por defecto. Recordemos que el cerebro recurre a las predicciones porque prefiere predecir y fallar que incorporar nueva información (que le obliga a gastar recursos y energía). Pero solo en ese “saber más” (es decir, las individualidades de cada quién) podremos realmente tener una visión más amplia del mundo. Y es aquí donde los cerebros con mayores niveles de empatía (cerebros que filtran menos o ponen menos barreras) juegan un papel más prometedor para la humanidad. Una humanidad que afronta un gran desafío de cara a una tecnologización que crece por minutos y donde el trabajo cooperativo en la transmisión de la retroalimentación entre el ser humano y su entorno parece estar estrechamente vinculado a los nuevos desafíos de la supervivencia de la especie.

Lorea Zubiaga MD PhD
Ms Neurociencias
Investigadora Biomédica y Directora de Formación de PAS España

Fuentes:

1.- Hagenbeek F et al. Maximizing the value of twin studies in health and behavior. Nat Hum Behav 2023. 7, 849–860.

2.- Roberts B et al. Utility of pharmacogenetic testing to optimize antidepressant pharmacotherapy in youth: a narrative literature review. Front. Pharmacol. 2023. 14:1267294.

3.- Pluess M. Beyond developmental psychopathology: Positive child development. Dev Psychopathol. 2024 Feb 22:1-9. 

4.- Søgaard Jørgensen P et al. Evolution and sustainability: gathering the strands for an Anthropocene synthesis. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci. 2024 Jan;379(1893):20220251.

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