Hay una frase que se repite con una frecuencia sorprendente en mi consulta. Personas de edades, profesiones y circunstancias muy diferentes terminan expresando, con palabras distintas, la misma preocupación: “Lo que me pasa es que no soy normal”.
Después de más de veinte años ejerciendo como psicóloga, he llegado a la conclusión de que pocas afirmaciones reflejan mejor el sufrimiento psicológico de nuestra época. Resulta llamativo que quienes acuden buscando ayuda, rara vez deseen ser más felices, más auténticos o vivir con mayor bienestar. Con mucha más frecuencia, lo que anhelan es dejar de sentirse diferentes. Quieren reaccionar como los demás, emocionarse menos, pensar menos, dejar de dar tantas vueltas a las cosas, soportar mejor la presión o aprender, simplemente, a “ser normales”.
Con el paso de los años, esta realidad me ha llevado a cuestionar una idea que durante décadas hemos dado prácticamente por incuestionable: que la normalidad constituye el ideal al que todos deberíamos aspirar.
Nuestra sociedad ha convertido la normalidad en un modelo de éxito personal y de ajuste psicológico. Ser “normal” ha significado adaptarse sin dificultades, no llamar demasiado la atención, gestionar las emociones con discreción, responder con eficacia ante cualquier situación, soportar elevados niveles de estrés, competir, producir y mantener una imagen constante de estabilidad, incluso cuando por dentro todo parece desmoronarse.
En paralelo, las Personas Altamente Sensibles (PAS) han sido observadas con demasiada frecuencia desde una perspectiva centrada en sus supuestas limitaciones. Se las ha descrito como personas excesivamente emocionales, vulnerables al estrés, poco resistentes o excesivamente reactivas. Aunque hoy sabemos, gracias a décadas de investigación, que la Alta Sensibilidad o Sensibilidad al Procesamiento Sensorial constituye un rasgo normal de la personalidad presente aproximadamente en un 20% de la población, continúa existiendo un importante sesgo cultural que identifica sensibilidad con debilidad y adaptación con salud psicológica.
Sin embargo, mi experiencia clínica me ha llevado, poco a poco, a contemplar la situación desde una perspectiva completamente diferente, ya que con el tiempo he comprobado que el verdadero problema rara vez era la sensibilidad de las personas que acudían a consulta. Lo que realmente las estaba desgastando era el inmenso esfuerzo que llevaban realizando durante años para ocultarla. Personas que habían aprendido a reprimir sus emociones para no parecer débiles, a aceptar situaciones que vulneraban sus propios límites para evitar el rechazo, a construir una imagen de fortaleza permanente mientras se alejaban cada vez más de quienes realmente eran.
Y entonces comenzó a surgir una pregunta que cambió por completo mi forma de entender este fenómeno…¿Y si el problema nunca hubiera sido la Alta Sensibilidad?, ¿Y si aquello que llevamos tanto tiempo llamando “normalidad” fuera, en muchos casos, una sofisticada máscara psicológica construida para obtener aceptación social, aunque el precio sea alejarnos de nosotros mismos?
Este artículo nace precisamente de esa reflexión. No pretende idealizar la Alta Sensibilidad ni cuestionar la capacidad adaptativa de quienes no presentan este rasgo. Su propósito es mucho más ambicioso: invitar a replantearnos si la adaptación permanente es siempre un indicador de salud psicológica o si, por el contrario, en ocasiones puede convertirse en una de las formas más silenciosas y socialmente aceptadas de sufrimiento.
¿Qué es realmente la normopatía?
El término normopatía fue introducido por el psicoanalista Christopher Bollas y posteriormente desarrollado por autores como Joyce McDougall para describir un fenómeno muy particular: personas aparentemente perfectamente adaptadas que han sacrificado una parte importante de su mundo interno para responder a las expectativas sociales. No hablamos de un trastorno clínico reconocido en los manuales diagnósticos, sino de un concepto que describe una forma de funcionamiento psicológico.
El normópata suele presentar una apariencia impecable; es eficiente, cumple con sus obligaciones, no genera conflictos, controla sus emociones, resulta socialmente aceptado… es increíble la habilidad que tiene para adaptarse a cualquier contexto. Y desde fuera parece funcionar extraordinariamente bien, sin embargo, esa adaptación puede esconder un coste silencioso: la progresiva desconexión de las propias necesidades, emociones, valores e incluso de la propia identidad.
La persona deja de preguntarse “qué necesito”, para empezar a preguntarse únicamente “qué esperan los demás de mí”, y cuando esa forma de vivir se prolonga durante años, la factura psicológica puede aparecer en forma de ansiedad, agotamiento, depresión, vacío existencial o pérdida del sentido vital.
La cultura de la normalidad
Como psicóloga me fijo en las contradicciones, y nuestra sociedad está llena de ellas… por un lado, celebramos la autenticidad, pero, por otro lado premiamos la adaptación. Otras veces animamos a las personas a ser ellas mismas, pero luego sancionamos cualquier diferencia que cuestione las normas implícitas del grupo.
Con los niños nos pasa lo mismo, les enseñamos qué emociones son aceptables y cuáles conviene esconder, cuándo callar y no molestar, cuándo es adecuado llorar y cuándo deben aparentar fortaleza… Sin darnos cuenta, muchos acabamos desarrollando una identidad profundamente condicionada por la aprobación externa, no porque queramos engañar a los demás, sino porque hemos aprendido que pertenecer resulta más seguro que mostrarse tal como uno es.
Los profesionales de la psicología social llevamos décadas demostrando este fenómeno. Los experimentos clásicos de conformidad de Solomon Asch ya mostraban hasta qué punto los seres humanos somos capaces de negar incluso la evidencia objetiva con tal de no diferenciarnos del grupo, porque la necesidad de pertenencia constituye una de las motivaciones humanas más potentes, pero cuando pertenecer exige renunciar continuamente a uno mismo, la adaptación deja de ser salud para convertirse en supervivencia psicológica.
¿Y las Personas Altamente Sensibles?
Aquí aparece una paradoja fascinante… muchas PAS han sufrido precisamente por no poder adaptarse completamente a esa cultura de la normalidad, su sistema nervioso procesa más información, detecta más matices, percibe con mayor intensidad los estímulos y necesita, por tanto, más tiempo para integrar las experiencias. También se cansa antes de determinados ambientes… Todo ello ha sido ampliamente descrito por la investigación desarrollada por todos los grupos de investigación en Sensibilidad de Procesamiento Sensorial durante estos últimos años.
Pero existe una consecuencia mucho menos estudiada; las PAS suelen detectar antes las incoherencias, perciben con mayor facilidad cuando una conversación no es auténtica, saben cuándo una relación se sostiene únicamente por costumbre, detectan cuando alguien dice una cosa mientras siente otra distinta o cuando un entorno resulta emocionalmente tóxico, no porque posean capacidades sobrenaturales, sino porque procesan una enorme cantidad de información social, emocional y contextual que muchas veces pasa desapercibida para otras personas. Paradójicamente, aquello que durante años se ha interpretado como una debilidad podría constituir un sofisticado sistema de detección de incoherencias.
La normalidad también puede ser una forma de evitación
Siguiendo con las ideas arraigadas en nuestra sociedad, si alguien soporta cualquier situación sin quejarse, pensamos que es fuerte, pero la psicología contemporánea lleva años cuestionando esta asociación, ya que la evitación emocional puede adoptar formas muy sofisticadas, no siempre consiste en huir, a veces consiste precisamente en seguir funcionando, trabajar más, sonreír más, adaptarse mejor, no detenerse nunca… Desde fuera parece fortaleza, pero desde dentro puede ser anestesia emocional. En ocasiones, la hiper adaptación constituye una estrategia para no entrar en contacto con aspectos internos que generan malestar. En definitiva, la persona continúa avanzando pero desconectada de sí misma.
Carl Gustav Jung afirmaba que todos desarrollamos una persona, una máscara social necesaria para convivir, el problema aparece cuando la máscara termina sustituyendo por completo a la persona, entonces ya no actuamos, sino que vivimos permanentemente interpretando un papel… algunas se convierten en la madre perfecta, otras en la profesional competente, algunos se convierten en el líder seguro y otros el hijo ejemplar.
Con el paso del tiempo dejamos de recordar quiénes somos cuando nadie nos observa, y, quizas ahí esté el problema; que la auténtica normopatía consista precisamente en eso, no en parecer normal, sino en olvidar la propia identidad intentando mantener esa apariencia.
¿Y si las PAS no fueran menos adaptadas, sino más conscientes?
Respecto a la afirmación “Las PAS sufren porque sienten demasiado”, en parte es cierto, pero en parte sufren porque perciben demasiado; perciben las contradicciones, las injusticias, las incoherencias, los ambientes emocionalmente saturados, las relaciones superficiales e incluso las tensiones que todavía no han sido verbalizadas. Y vivir percibiendo continuamente aquello que otros aún no observan resulta extraordinariamente agotador, no porque exista un problema en la sensibilidad, sino porque el entorno no siempre está preparado para tanta información.
Por lo que, quizás el gran reto del siglo XXI no consista en aprender a ser normales, sino en aprender a ser auténticos. La salud mental no depende únicamente de nuestra capacidad para adaptarnos, también depende de nuestra capacidad para permanecer conectados con nosotros mismos mientras nos adaptamos; una organización saludable no es aquella donde todos piensan igual, una familia sana no es aquella donde nadie expresa emociones difíciles, una escuela excelente no es aquella donde todos los alumnos se comportan exactamente igual, y, una sociedad madura no es aquella donde todos parecen felices. Es aquella donde cada persona puede desarrollar su identidad sin necesidad de esconder una parte de sí para ser aceptada.
La Alta Sensibilidad como indicador, no como problema
Debemos reivindicar que la Alta Sensibilidad nunca estuvo destinada a encajar perfectamente en un mundo diseñado para la rapidez, la productividad constante y la hiperestimulación, desde PAS ESPAÑA explicamos en todos los congresos donde participamos que la función evolutiva es precisamente otra; observar antes, detectar antes, reflexionar antes… anticipar riesgos, percibir matices, favorecer la cohesión social, o introducir prudencia allí donde otros solo ven velocidad. Desde esta perspectiva, la sensibilidad deja de ser un defecto para convertirse en una fuente de información extraordinariamente valiosa.
Llevamos años explicando que “No todas las personas necesitan procesar el mundo de la misma manera”, la diversidad de estilos cognitivos y emocionales constituye precisamente uno de los grandes mecanismos adaptativos de nuestra especie.
Después de años atendiendo a cientos de personas con historias, diagnósticos, edades y circunstancias muy diferentes, algunas eran Personas Altamente Sensibles y otras no, algunas acudían por ansiedad, otras por depresión, por problemas de pareja, por agotamiento laboral o simplemente porque sentían que habían perdido el rumbo de su vida… Con el paso del tiempo descubrí algo que no aparecía escrito de forma explícita en los manuales de psicología. Rara vez el problema era la sensibilidad, el problema casi siempre era el enorme esfuerzo que la persona llevaba realizando durante años para no parecer sensible.
He visto personas que llevaban décadas reprimiendo el llanto porque en su familia expresar emociones era interpretado como una muestra de debilidad. Directivos que habían construido una imagen de fortaleza permanente mientras convivían con una ansiedad insoportable. Profesionales sanitarios incapaces de reconocer su propio agotamiento porque sentían que debían ser quienes sostuvieran siempre a los demás. Madres y padres que habían olvidado qué necesitaban ellos mismos después de dedicar toda una vida a responder únicamente a las expectativas de su entorno.
Curiosamente, cuando estas personas llegaban a consulta, casi nunca formulaban el problema de la manera en que realmente existía, no decían: “He dejado de ser yo”, decían: “Quiero dejar de sentir tanto”, y esa diferencia es enorme, porque el objetivo terapéutico no consistía en reducir su sensibilidad, sino en ayudarles a reconciliarse con ella.
Recuerdo especialmente el caso de una persona que llevaba años convencida de que era “demasiado emocional”. En su entorno laboral le habían repetido tantas veces que debía endurecerse que terminó creyendo que el problema era su forma de ser. Había aprendido a sonreír cuando necesitaba descansar, a aceptar responsabilidades que la sobrepasaban y a ocultar cualquier signo de cansancio para no parecer poco competente, desde fuera era el ejemplo perfecto de éxito profesional y desde dentro estaba completamente desconectada de sí misma. Lo más llamativo fue que los síntomas comenzaron a disminuir no cuando aprendió nuevas técnicas de control emocional, sino cuando dejó de intentar convertirse en alguien que nunca había sido. Esta experiencia se ha repetido, con matices diferentes, en innumerables ocasiones. Por eso cada vez estoy más convencida de que una gran parte del sufrimiento psicológico actual no nace de sentir demasiado, sino del esfuerzo constante por sentir menos de lo que realmente sentimos para poder encajar en un modelo de normalidad socialmente aceptado. Y quizá esa sea una de las paradojas más importantes de nuestra época: muchas personas no llegan a terapia porque sean demasiado sensibles, llegan porque llevan demasiados años intentando demostrar que no lo son.
Una reflexión final
Ha llegado el momento de dejar de preguntar a las Personas Altamente Sensibles cómo pueden parecer más normales, y comenzar a preguntarnos por qué hemos construido una sociedad donde parecer normal se ha convertido en un objetivo tan importante, porque probablemente no existan personas completamente normales. Existen personas que muestran más o menos partes de sí mismas, existen personas que han aprendido a ocultar mejor su vulnerabilidad, existen personas que han convertido la adaptación en una segunda piel… Y existen otras que, como muchas PAS, encuentran cada vez más difícil sostener una máscara que contradice lo que sienten. La verdadera salud psicológica no consiste en no sentir, ni en no emocionarse, ni en adaptarse sin límites, consiste en poder integrar quiénes somos con el mundo en el que vivimos, sin renunciar a nuestra identidad para obtener aceptación.
Estoy convencida de que el futuro de la psicología no pasa por enseñar a las personas sensibles a parecer normales, pasa por ayudar a la sociedad a comprender que la normalidad, entendida como una adaptación rígida y despersonalizada, puede ser una de las formas más silenciosas de sufrimiento, porque, al fin y al cabo, la auténtica fortaleza no consiste en llevar una máscara durante toda la vida, consiste en llegar a un punto en el que ya no sea necesaria.
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Normopatía y Alta Sensibilidad: ¿Y si el verdadero problema nunca fue ser diferente, sino esforzarse demasiado por parecer normal?
Hay una frase que se repite con una frecuencia sorprendente en mi consulta. Personas de edades, profesiones y circunstancias muy diferentes terminan expresando, con palabras distintas, la misma preocupación: “Lo que me pasa es que no soy normal”.
Después de más de veinte años ejerciendo como psicóloga, he llegado a la conclusión de que pocas afirmaciones reflejan mejor el sufrimiento psicológico de nuestra época. Resulta llamativo que quienes acuden buscando ayuda, rara vez deseen ser más felices, más auténticos o vivir con mayor bienestar. Con mucha más frecuencia, lo que anhelan es dejar de sentirse diferentes. Quieren reaccionar como los demás, emocionarse menos, pensar menos, dejar de dar tantas vueltas a las cosas, soportar mejor la presión o aprender, simplemente, a “ser normales”.
Con el paso de los años, esta realidad me ha llevado a cuestionar una idea que durante décadas hemos dado prácticamente por incuestionable: que la normalidad constituye el ideal al que todos deberíamos aspirar.
Nuestra sociedad ha convertido la normalidad en un modelo de éxito personal y de ajuste psicológico. Ser “normal” ha significado adaptarse sin dificultades, no llamar demasiado la atención, gestionar las emociones con discreción, responder con eficacia ante cualquier situación, soportar elevados niveles de estrés, competir, producir y mantener una imagen constante de estabilidad, incluso cuando por dentro todo parece desmoronarse.
En paralelo, las Personas Altamente Sensibles (PAS) han sido observadas con demasiada frecuencia desde una perspectiva centrada en sus supuestas limitaciones. Se las ha descrito como personas excesivamente emocionales, vulnerables al estrés, poco resistentes o excesivamente reactivas. Aunque hoy sabemos, gracias a décadas de investigación, que la Alta Sensibilidad o Sensibilidad al Procesamiento Sensorial constituye un rasgo normal de la personalidad presente aproximadamente en un 20% de la población, continúa existiendo un importante sesgo cultural que identifica sensibilidad con debilidad y adaptación con salud psicológica.
Sin embargo, mi experiencia clínica me ha llevado, poco a poco, a contemplar la situación desde una perspectiva completamente diferente, ya que con el tiempo he comprobado que el verdadero problema rara vez era la sensibilidad de las personas que acudían a consulta. Lo que realmente las estaba desgastando era el inmenso esfuerzo que llevaban realizando durante años para ocultarla. Personas que habían aprendido a reprimir sus emociones para no parecer débiles, a aceptar situaciones que vulneraban sus propios límites para evitar el rechazo, a construir una imagen de fortaleza permanente mientras se alejaban cada vez más de quienes realmente eran.
Y entonces comenzó a surgir una pregunta que cambió por completo mi forma de entender este fenómeno…¿Y si el problema nunca hubiera sido la Alta Sensibilidad?, ¿Y si aquello que llevamos tanto tiempo llamando “normalidad” fuera, en muchos casos, una sofisticada máscara psicológica construida para obtener aceptación social, aunque el precio sea alejarnos de nosotros mismos?
Este artículo nace precisamente de esa reflexión. No pretende idealizar la Alta Sensibilidad ni cuestionar la capacidad adaptativa de quienes no presentan este rasgo. Su propósito es mucho más ambicioso: invitar a replantearnos si la adaptación permanente es siempre un indicador de salud psicológica o si, por el contrario, en ocasiones puede convertirse en una de las formas más silenciosas y socialmente aceptadas de sufrimiento.
¿Qué es realmente la normopatía?
El término normopatía fue introducido por el psicoanalista Christopher Bollas y posteriormente desarrollado por autores como Joyce McDougall para describir un fenómeno muy particular: personas aparentemente perfectamente adaptadas que han sacrificado una parte importante de su mundo interno para responder a las expectativas sociales. No hablamos de un trastorno clínico reconocido en los manuales diagnósticos, sino de un concepto que describe una forma de funcionamiento psicológico.
El normópata suele presentar una apariencia impecable; es eficiente, cumple con sus obligaciones, no genera conflictos, controla sus emociones, resulta socialmente aceptado… es increíble la habilidad que tiene para adaptarse a cualquier contexto. Y desde fuera parece funcionar extraordinariamente bien, sin embargo, esa adaptación puede esconder un coste silencioso: la progresiva desconexión de las propias necesidades, emociones, valores e incluso de la propia identidad.
La persona deja de preguntarse “qué necesito”, para empezar a preguntarse únicamente “qué esperan los demás de mí”, y cuando esa forma de vivir se prolonga durante años, la factura psicológica puede aparecer en forma de ansiedad, agotamiento, depresión, vacío existencial o pérdida del sentido vital.
La cultura de la normalidad
Como psicóloga me fijo en las contradicciones, y nuestra sociedad está llena de ellas… por un lado, celebramos la autenticidad, pero, por otro lado premiamos la adaptación. Otras veces animamos a las personas a ser ellas mismas, pero luego sancionamos cualquier diferencia que cuestione las normas implícitas del grupo.
Con los niños nos pasa lo mismo, les enseñamos qué emociones son aceptables y cuáles conviene esconder, cuándo callar y no molestar, cuándo es adecuado llorar y cuándo deben aparentar fortaleza… Sin darnos cuenta, muchos acabamos desarrollando una identidad profundamente condicionada por la aprobación externa, no porque queramos engañar a los demás, sino porque hemos aprendido que pertenecer resulta más seguro que mostrarse tal como uno es.
Los profesionales de la psicología social llevamos décadas demostrando este fenómeno. Los experimentos clásicos de conformidad de Solomon Asch ya mostraban hasta qué punto los seres humanos somos capaces de negar incluso la evidencia objetiva con tal de no diferenciarnos del grupo, porque la necesidad de pertenencia constituye una de las motivaciones humanas más potentes, pero cuando pertenecer exige renunciar continuamente a uno mismo, la adaptación deja de ser salud para convertirse en supervivencia psicológica.
¿Y las Personas Altamente Sensibles?
Aquí aparece una paradoja fascinante… muchas PAS han sufrido precisamente por no poder adaptarse completamente a esa cultura de la normalidad, su sistema nervioso procesa más información, detecta más matices, percibe con mayor intensidad los estímulos y necesita, por tanto, más tiempo para integrar las experiencias. También se cansa antes de determinados ambientes… Todo ello ha sido ampliamente descrito por la investigación desarrollada por todos los grupos de investigación en Sensibilidad de Procesamiento Sensorial durante estos últimos años.
Pero existe una consecuencia mucho menos estudiada; las PAS suelen detectar antes las incoherencias, perciben con mayor facilidad cuando una conversación no es auténtica, saben cuándo una relación se sostiene únicamente por costumbre, detectan cuando alguien dice una cosa mientras siente otra distinta o cuando un entorno resulta emocionalmente tóxico, no porque posean capacidades sobrenaturales, sino porque procesan una enorme cantidad de información social, emocional y contextual que muchas veces pasa desapercibida para otras personas. Paradójicamente, aquello que durante años se ha interpretado como una debilidad podría constituir un sofisticado sistema de detección de incoherencias.
La normalidad también puede ser una forma de evitación
Siguiendo con las ideas arraigadas en nuestra sociedad, si alguien soporta cualquier situación sin quejarse, pensamos que es fuerte, pero la psicología contemporánea lleva años cuestionando esta asociación, ya que la evitación emocional puede adoptar formas muy sofisticadas, no siempre consiste en huir, a veces consiste precisamente en seguir funcionando, trabajar más, sonreír más, adaptarse mejor, no detenerse nunca… Desde fuera parece fortaleza, pero desde dentro puede ser anestesia emocional. En ocasiones, la hiper adaptación constituye una estrategia para no entrar en contacto con aspectos internos que generan malestar. En definitiva, la persona continúa avanzando pero desconectada de sí misma.
Carl Gustav Jung afirmaba que todos desarrollamos una persona, una máscara social necesaria para convivir, el problema aparece cuando la máscara termina sustituyendo por completo a la persona, entonces ya no actuamos, sino que vivimos permanentemente interpretando un papel… algunas se convierten en la madre perfecta, otras en la profesional competente, algunos se convierten en el líder seguro y otros el hijo ejemplar.
Con el paso del tiempo dejamos de recordar quiénes somos cuando nadie nos observa, y, quizas ahí esté el problema; que la auténtica normopatía consista precisamente en eso, no en parecer normal, sino en olvidar la propia identidad intentando mantener esa apariencia.
¿Y si las PAS no fueran menos adaptadas, sino más conscientes?
Respecto a la afirmación “Las PAS sufren porque sienten demasiado”, en parte es cierto, pero en parte sufren porque perciben demasiado; perciben las contradicciones, las injusticias, las incoherencias, los ambientes emocionalmente saturados, las relaciones superficiales e incluso las tensiones que todavía no han sido verbalizadas. Y vivir percibiendo continuamente aquello que otros aún no observan resulta extraordinariamente agotador, no porque exista un problema en la sensibilidad, sino porque el entorno no siempre está preparado para tanta información.
Por lo que, quizás el gran reto del siglo XXI no consista en aprender a ser normales, sino en aprender a ser auténticos. La salud mental no depende únicamente de nuestra capacidad para adaptarnos, también depende de nuestra capacidad para permanecer conectados con nosotros mismos mientras nos adaptamos; una organización saludable no es aquella donde todos piensan igual, una familia sana no es aquella donde nadie expresa emociones difíciles, una escuela excelente no es aquella donde todos los alumnos se comportan exactamente igual, y, una sociedad madura no es aquella donde todos parecen felices. Es aquella donde cada persona puede desarrollar su identidad sin necesidad de esconder una parte de sí para ser aceptada.
La Alta Sensibilidad como indicador, no como problema
Debemos reivindicar que la Alta Sensibilidad nunca estuvo destinada a encajar perfectamente en un mundo diseñado para la rapidez, la productividad constante y la hiperestimulación, desde PAS ESPAÑA explicamos en todos los congresos donde participamos que la función evolutiva es precisamente otra; observar antes, detectar antes, reflexionar antes… anticipar riesgos, percibir matices, favorecer la cohesión social, o introducir prudencia allí donde otros solo ven velocidad. Desde esta perspectiva, la sensibilidad deja de ser un defecto para convertirse en una fuente de información extraordinariamente valiosa.
Llevamos años explicando que “No todas las personas necesitan procesar el mundo de la misma manera”, la diversidad de estilos cognitivos y emocionales constituye precisamente uno de los grandes mecanismos adaptativos de nuestra especie.
Después de años atendiendo a cientos de personas con historias, diagnósticos, edades y circunstancias muy diferentes, algunas eran Personas Altamente Sensibles y otras no, algunas acudían por ansiedad, otras por depresión, por problemas de pareja, por agotamiento laboral o simplemente porque sentían que habían perdido el rumbo de su vida… Con el paso del tiempo descubrí algo que no aparecía escrito de forma explícita en los manuales de psicología. Rara vez el problema era la sensibilidad, el problema casi siempre era el enorme esfuerzo que la persona llevaba realizando durante años para no parecer sensible.
He visto personas que llevaban décadas reprimiendo el llanto porque en su familia expresar emociones era interpretado como una muestra de debilidad. Directivos que habían construido una imagen de fortaleza permanente mientras convivían con una ansiedad insoportable. Profesionales sanitarios incapaces de reconocer su propio agotamiento porque sentían que debían ser quienes sostuvieran siempre a los demás. Madres y padres que habían olvidado qué necesitaban ellos mismos después de dedicar toda una vida a responder únicamente a las expectativas de su entorno.
Curiosamente, cuando estas personas llegaban a consulta, casi nunca formulaban el problema de la manera en que realmente existía, no decían: “He dejado de ser yo”, decían: “Quiero dejar de sentir tanto”, y esa diferencia es enorme, porque el objetivo terapéutico no consistía en reducir su sensibilidad, sino en ayudarles a reconciliarse con ella.
Recuerdo especialmente el caso de una persona que llevaba años convencida de que era “demasiado emocional”. En su entorno laboral le habían repetido tantas veces que debía endurecerse que terminó creyendo que el problema era su forma de ser. Había aprendido a sonreír cuando necesitaba descansar, a aceptar responsabilidades que la sobrepasaban y a ocultar cualquier signo de cansancio para no parecer poco competente, desde fuera era el ejemplo perfecto de éxito profesional y desde dentro estaba completamente desconectada de sí misma. Lo más llamativo fue que los síntomas comenzaron a disminuir no cuando aprendió nuevas técnicas de control emocional, sino cuando dejó de intentar convertirse en alguien que nunca había sido. Esta experiencia se ha repetido, con matices diferentes, en innumerables ocasiones. Por eso cada vez estoy más convencida de que una gran parte del sufrimiento psicológico actual no nace de sentir demasiado, sino del esfuerzo constante por sentir menos de lo que realmente sentimos para poder encajar en un modelo de normalidad socialmente aceptado. Y quizá esa sea una de las paradojas más importantes de nuestra época: muchas personas no llegan a terapia porque sean demasiado sensibles, llegan porque llevan demasiados años intentando demostrar que no lo son.
Una reflexión final
Ha llegado el momento de dejar de preguntar a las Personas Altamente Sensibles cómo pueden parecer más normales, y comenzar a preguntarnos por qué hemos construido una sociedad donde parecer normal se ha convertido en un objetivo tan importante, porque probablemente no existan personas completamente normales. Existen personas que muestran más o menos partes de sí mismas, existen personas que han aprendido a ocultar mejor su vulnerabilidad, existen personas que han convertido la adaptación en una segunda piel… Y existen otras que, como muchas PAS, encuentran cada vez más difícil sostener una máscara que contradice lo que sienten. La verdadera salud psicológica no consiste en no sentir, ni en no emocionarse, ni en adaptarse sin límites, consiste en poder integrar quiénes somos con el mundo en el que vivimos, sin renunciar a nuestra identidad para obtener aceptación.
Estoy convencida de que el futuro de la psicología no pasa por enseñar a las personas sensibles a parecer normales, pasa por ayudar a la sociedad a comprender que la normalidad, entendida como una adaptación rígida y despersonalizada, puede ser una de las formas más silenciosas de sufrimiento, porque, al fin y al cabo, la auténtica fortaleza no consiste en llevar una máscara durante toda la vida, consiste en llegar a un punto en el que ya no sea necesaria.
Dra. Manuela Pérez-Chacón
Presidenta de PAS ESPAÑA
Patrona de la Fundación Española de Alta Sensibilidad
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