Muchos habréis visto pegatinas, agendas y otros materiales que venden una idea jocosa del positivismo con frases como “Sé tú mismo. ¿Qué otra opción tienes?”. Y la verdad es que cuando reflexiono en esta frase, cada vez me doy cuenta de que no es tan tópica ya que: “Tú eres tus diferencias”. O “Recuerda siempre que eres absolutamente único, al igual que todos los demás”. Lo cierto es que el día en que caemos en cuenta de que esas frases tienen un significado más real que filosófico empezamos a ver el mundo de forma diferente y sobre todo evitamos hacer absurdas comparaciones o caer en conductas victimistas.
Saco este tema a colación, pues hace poco me ocurrió una anécdota que aún hoy me tiene pensando. Estaba dando una formación (fuera del mundo de la Alta Sensibilidad) y dicha formación incluía una evaluación de los asistentes. Al final de la primera sesión una persona se me acerca a comentarme que ella se consideraba PAS y dado que yo colaboraba con PAS ESPAÑA, pues era evidente que comprendía su “problema” y que lo tuviera en cuenta a la hora de la evaluación. Le sonreí y asentí, pero no me pareció ni el lugar ni el momento para conversar sobre “el problema”. No obstante, me quedé pensando sobre si a lo que esta persona llamaba problema era al hecho de ser PAS (como si de una enfermedad se tratara) o si detrás de esa primera afirmación existiera la intención real de contarme algún otro problema de salud (no en vano, soy médico y las consultas de acera/pasillo son el pan nuestro de cada día). Y cuando cuento esta anécdota, la narro desde mi más sincera empatía, sin reserva alguna de ponerme en los zapatos de la otra persona y tratar de comprender su afirmación. En sesiones siguientes entendí que el problema era el primer caso: Ver la Alta Sensibilidad como un problema de vulnerabilidad.
En este sentido pienso en medios de comunicación que se han dedicado a dar esta visión de la Alta Sensibilidad y me entristece que esa sea la equivalencia, SENSIBILIDAD = VULNERABILIDAD. Y cuando hablo de ello en foros de emprendimiento me entristece aún más escuchar: ¿Y es que acaso no es eso lo que buscan todas las PAS al adoptar esa etiqueta? Pues no. Y quien se interese en rascar un poco más allá en el estudio de este rasgo puede conocer que la base de la Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS) busca comprender las diferencias en la capacidad de percibir, procesar y responder a estímulos ambientales dados por un sistema nervioso más reactivo.
Cuando esta definición se traspola de forma generalizada a la población se habla de individuos que tienen un comportamiento cauto, exploratorio, cuidadoso y a la vez flexible. Pero es evidente que esta generalización no abarca a todos los tipos de PAS que puede haber dentro de ese 20% de la población, ya que hay personas más o menos integradas con la descripción. Y sí, sé que hay PAS que no son capaces de hablar de optimismo, fortalezas, de un don o de integración en el entorno. Es normal. Hablan sus experiencias. Con lo cual es esperable que estas PAS consideren su alta reactividad a los estímulos como un “castigo” que las conduce inefablemente a ser vulnerables. Pero esto no es así en absoluto. Y cuando los profesionales de la Alta Sensibilidad escuchamos estas afirmaciones de una persona, estamos seguros de que tenemos delante a alguien que aún tiene mucho trabajo por delante en su camino de aceptación del punto diferencial que ofrece la SPS. En estos casos me da por pensar que el problema sigue siendo la dichosa palabra SENSIBLE, mal traducida de los estudios en lengua inglesa. Es por ello que al menos en este documento me voy a permitir hablar de la SPS como personas altamente reactivas. ¿Quién sabe, igual creo tendencia!
Cuando me refiero al punto diferencial de una persona altamente reactiva me refiero al resultado que se genera en un individuo al combinar su componente biológico (caracterizado por una mayor entropía cerebral) con la interacción con su entorno (ecológico, cultural y social). Y es por eso que en PAS ESPAÑA no nos cansaremos de repetir que cuando hablamos de esta forma diferencial de ser, lo que buscamos no es dar argumentos o subterfugios para que una persona se apalanque detrás de un concepto. No. Ese no es el objetivo. Lo que se busca es que partiendo de un conocimiento (en este caso cómo funciona tu cerebro) puedas plantearte mecanismos para un cambio, si eso es lo que deseas.
En el fondo, el trabajo dentro del desarrollo personal consiste en tener una idea muy clara de ti mismo y estar dispuesto a compartirla o corregir las opiniones de los demás cuando sea . Es decir, si te vas a comparar con alguien que sea contigo mismo (sin aferrarte al pasado ni sufrir por un futuro que aún no has vivido). Puede que tengas que decir que puedes o no puedes hacer un determinado trabajo, que te gusta una determinada situación, que te desenvuelves bien en tal o cual entorno, etc. Pero cuando lo hagas, hazlo desde un lugar de equilibrio, pensando en lo que te hace bien a ti y no desde una desventaja o partiendo desde una sensación de inferioridad. Tampoco la idea es informar a los demás sobre “tu condición” como si hubiera que ir advirtiendo al resto de que te deben un trato especial. Y mucho menos es para ir decretando: “Soy como soy y punto” o peor “soy así y si te gusta bien y sino también.” No es esa tampoco es la idea. No buscamos una confrontación ni una lucha de minorías. El objetivo de conocernos a nosotros mismos con claridad es saber quiénes somos y en primer lugar qué es lo que es bueno para nosotros y aprendamos a poner límites. Desde ese marco nos será más claro descubrir para qué somos buenos en relación a los demás (cómo podemos cooperar). Este es el verdadero fin de los procesos de autoconocimiento: la interacción con los otros desde el valor de nuestras diferencias.
No obstante, muy pocos están realmente preparados para andar la senda del autoconocimiento. Y cuando oyen (o leen) esta palabra se imaginan templos budistas y horas eternas de meditaciones al son de “OM”. Otros por el contrario, se imaginan que esto del autoconocimiento es sentarse delante de un terapeuta a tratar de resolver un “complejo examen” para el cual no han estudiado y en el que piensan que la persona de enfrente siempre los va juzgar. Tanto en una versión como en otra el error está en depositar fuera (en el Tíbet o en un tercero) un poder que tienes dentro de ti. Y si quieres, aquí mismo y ahora, puedes empezar a buscar esa pieza que falta en el puzzle. Por eso te propongo dedicar algún tiempo a reflexionar objetivamente sobre ti mism@: tus respuestas habituales ante una situación, tus rasgos físicos, tu personalidad, tus defectos o virtudes, tus habilidades o puntos fuertes, tus preferencias o aversiones y en especial tus rarezas (esas cosas que crees que solo te pasan a ti), etc. Anótalo todo en una lista y si puedo darte un consejo: escríbela a mano. Una vez tengas esa lista, si en dicha lista observas cosas que desearías ser y no eres, puedes hacer al menos tres cosas al respecto (probablemente más, pero empecemos por lo más elemental).
Una primera solución es replantearlas. Pensarás: “¿Cómo replantearlas?”. Pues sí, replantearlas, reconsiderarlas o si prefieres reescribirlas. ¿Por qué? Pues porque no hay peor juez que nosotr@s mism@s. El autojuicio por lo general lleva un aura de negativismo rotundo. Y no pocas veces perdemos el norte pensando que no podemos ser amables y compasivos con nosotros mismos, del mismo modo que un@ lo sería con un buen amigo que necesitara apoyo. Nos autoenjuiciamos, condenamos y a veces castigamos sin haber reconsiderado en lo más mínimo el hecho. Y esto lo hacemos más a menudo de lo que creemos. Un ejemplo práctico del día a día es cuando nos decimos: “¡Uy qué torpe soy!” cuando cometemos un error. Y claro que esto lo hacemos los altamente reactivos y los que no lo son. En este sentido, reconsiderar implica que tal vez eso que piensas que es un defecto inefable sea una cualidad mal trabajada. Tal vez dijiste que eres testarudo (¿pero acaso no eres también persistente?) o muy callado (¿o más bien soy una persona que sabe escuchar?) y desorganizado (¿o espontáneo?). Todo está en el punto de vista con el que se mire una situación.
Una segunda solución para los elementos problemáticos de la lista es trabajarlos. “¿Cómo trabajarlos?”. Pues buscar el origen de los mismos y evaluar la posibilidad que tienes por ti mismo o con la orientación de otra persona (preferentemente un profesional preparado en ello) de cambiar esos elementos. Muchos de estos elementos están enraizados en malos hábitos (cosas que no son buenas para ti, y lo sabes) pero que has cultivado por motivos diversos (por ejemplo como una forma fácil del manejo del estrés o emociones o como un método para encajar en un grupo). Otra forma en la que estos elementos problemáticos están anclados es a través de las falsas creencias o creencias limitantes. El punto de las creencias es que se fundamentan en una hipótesis que nos hicimos en un momento dado de nuestras vidas. Y en ese momento la hipótesis se descartó. Y sin pensar que las condiciones probablemente han cambiado (en muchos casos, solo por el paso del tiempo) seguimos pensando que ante esta y aquella condición el resultado siempre será el . Pues bien, en estos casos la estrategia más potente para trabajar dichas creencias es la experimentación personal de una nueva hipótesis. Podemos hablar de “experiencias emocionales correctivas” cuando experimentamos en primera persona nuevas hipótesis. Es decir, ante la respuesta rápida de nuestro cerebro predictivo de que la respuesta a esa hipótesis es “A”… contestar “¿o no? ¿Podría ser B?” Y ante este panorama entonces buscar la respuesta a esta nueva hipótesis y ver qué ocurre. Para evitar caer en círculos viciosos (provenientes del autosabotaje) lo ideal es que este trabajo sea supervisado por otra persona.
Y una tercera solución, después de aplicar las soluciones uno y dos, es aceptar esos defectos que siguen ahí. Es un paquete. Nadie es perfecto. Puede que otra persona aprecie esas rarezas tuyas. O puede que haciendo gala del concepto de humanidad compartida, te des cuenta de que eso que consideras raro, en realidad no lo es tanto y que otras personas comparten esa realidad. Sobre gustos no hay nada escrito. Puede que incluso haya alguna forma de darles un buen uso: conviértete en un experto en ese problema y busca ahondar en el mismo hasta que seas capaz de “darle la vuelta a la tortilla” (frase de pegatina que es totalmente cierta).
Investigadora Biomédica y Directora de Formación de PAS España
Fuentes:
Greven CU et al. Sensory Processing Sensitivity in the context of Environmental Sensitivity: A critical review and development of research agenda. Neurosci Biobehav Rev. 2019 Mar;98:287-305.
Kibe C et al. Sensory processing sensitivity and culturally modified resilience education: Differential susceptibility in Japanese adolescents. PLoS One. 2020 Sep 14;15(9):e0239002.
Roberts, R.C., West, R. Natural epistemic defects and corrective virtues. Synthese. 2015. 192, 2557–2576.
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Te advierto: “Soy PAS”
Dra. Lorea Zubiaga, Investigadora Biomédica
Muchos habréis visto pegatinas, agendas y otros materiales que venden una idea jocosa del positivismo con frases como “Sé tú mismo. ¿Qué otra opción tienes?”. Y la verdad es que cuando reflexiono en esta frase, cada vez me doy cuenta de que no es tan tópica ya que: “Tú eres tus diferencias”. O “Recuerda siempre que eres absolutamente único, al igual que todos los demás”. Lo cierto es que el día en que caemos en cuenta de que esas frases tienen un significado más real que filosófico empezamos a ver el mundo de forma diferente y sobre todo evitamos hacer absurdas comparaciones o caer en conductas victimistas.
Saco este tema a colación, pues hace poco me ocurrió una anécdota que aún hoy me tiene pensando. Estaba dando una formación (fuera del mundo de la Alta Sensibilidad) y dicha formación incluía una evaluación de los asistentes. Al final de la primera sesión una persona se me acerca a comentarme que ella se consideraba PAS y dado que yo colaboraba con PAS ESPAÑA, pues era evidente que comprendía su “problema” y que lo tuviera en cuenta a la hora de la evaluación. Le sonreí y asentí, pero no me pareció ni el lugar ni el momento para conversar sobre “el problema”. No obstante, me quedé pensando sobre si a lo que esta persona llamaba problema era al hecho de ser PAS (como si de una enfermedad se tratara) o si detrás de esa primera afirmación existiera la intención real de contarme algún otro problema de salud (no en vano, soy médico y las consultas de acera/pasillo son el pan nuestro de cada día). Y cuando cuento esta anécdota, la narro desde mi más sincera empatía, sin reserva alguna de ponerme en los zapatos de la otra persona y tratar de comprender su afirmación. En sesiones siguientes entendí que el problema era el primer caso: Ver la Alta Sensibilidad como un problema de vulnerabilidad.
En este sentido pienso en medios de comunicación que se han dedicado a dar esta visión de la Alta Sensibilidad y me entristece que esa sea la equivalencia, SENSIBILIDAD = VULNERABILIDAD. Y cuando hablo de ello en foros de emprendimiento me entristece aún más escuchar: ¿Y es que acaso no es eso lo que buscan todas las PAS al adoptar esa etiqueta? Pues no. Y quien se interese en rascar un poco más allá en el estudio de este rasgo puede conocer que la base de la Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS) busca comprender las diferencias en la capacidad de percibir, procesar y responder a estímulos ambientales dados por un sistema nervioso más reactivo.
Cuando esta definición se traspola de forma generalizada a la población se habla de individuos que tienen un comportamiento cauto, exploratorio, cuidadoso y a la vez flexible. Pero es evidente que esta generalización no abarca a todos los tipos de PAS que puede haber dentro de ese 20% de la población, ya que hay personas más o menos integradas con la descripción. Y sí, sé que hay PAS que no son capaces de hablar de optimismo, fortalezas, de un don o de integración en el entorno. Es normal. Hablan sus experiencias. Con lo cual es esperable que estas PAS consideren su alta reactividad a los estímulos como un “castigo” que las conduce inefablemente a ser vulnerables. Pero esto no es así en absoluto. Y cuando los profesionales de la Alta Sensibilidad escuchamos estas afirmaciones de una persona, estamos seguros de que tenemos delante a alguien que aún tiene mucho trabajo por delante en su camino de aceptación del punto diferencial que ofrece la SPS. En estos casos me da por pensar que el problema sigue siendo la dichosa palabra SENSIBLE, mal traducida de los estudios en lengua inglesa. Es por ello que al menos en este documento me voy a permitir hablar de la SPS como personas altamente reactivas. ¿Quién sabe, igual creo tendencia!
Cuando me refiero al punto diferencial de una persona altamente reactiva me refiero al resultado que se genera en un individuo al combinar su componente biológico (caracterizado por una mayor entropía cerebral) con la interacción con su entorno (ecológico, cultural y social). Y es por eso que en PAS ESPAÑA no nos cansaremos de repetir que cuando hablamos de esta forma diferencial de ser, lo que buscamos no es dar argumentos o subterfugios para que una persona se apalanque detrás de un concepto. No. Ese no es el objetivo. Lo que se busca es que partiendo de un conocimiento (en este caso cómo funciona tu cerebro) puedas plantearte mecanismos para un cambio, si eso es lo que deseas.
En el fondo, el trabajo dentro del desarrollo personal consiste en tener una idea muy clara de ti mismo y estar dispuesto a compartirla o corregir las opiniones de los demás cuando sea . Es decir, si te vas a comparar con alguien que sea contigo mismo (sin aferrarte al pasado ni sufrir por un futuro que aún no has vivido). Puede que tengas que decir que puedes o no puedes hacer un determinado trabajo, que te gusta una determinada situación, que te desenvuelves bien en tal o cual entorno, etc. Pero cuando lo hagas, hazlo desde un lugar de equilibrio, pensando en lo que te hace bien a ti y no desde una desventaja o partiendo desde una sensación de inferioridad. Tampoco la idea es informar a los demás sobre “tu condición” como si hubiera que ir advirtiendo al resto de que te deben un trato especial. Y mucho menos es para ir decretando: “Soy como soy y punto” o peor “soy así y si te gusta bien y sino también.” No es esa tampoco es la idea. No buscamos una confrontación ni una lucha de minorías. El objetivo de conocernos a nosotros mismos con claridad es saber quiénes somos y en primer lugar qué es lo que es bueno para nosotros y aprendamos a poner límites. Desde ese marco nos será más claro descubrir para qué somos buenos en relación a los demás (cómo podemos cooperar). Este es el verdadero fin de los procesos de autoconocimiento: la interacción con los otros desde el valor de nuestras diferencias.
No obstante, muy pocos están realmente preparados para andar la senda del autoconocimiento. Y cuando oyen (o leen) esta palabra se imaginan templos budistas y horas eternas de meditaciones al son de “OM”. Otros por el contrario, se imaginan que esto del autoconocimiento es sentarse delante de un terapeuta a tratar de resolver un “complejo examen” para el cual no han estudiado y en el que piensan que la persona de enfrente siempre los va juzgar. Tanto en una versión como en otra el error está en depositar fuera (en el Tíbet o en un tercero) un poder que tienes dentro de ti. Y si quieres, aquí mismo y ahora, puedes empezar a buscar esa pieza que falta en el puzzle. Por eso te propongo dedicar algún tiempo a reflexionar objetivamente sobre ti mism@: tus respuestas habituales ante una situación, tus rasgos físicos, tu personalidad, tus defectos o virtudes, tus habilidades o puntos fuertes, tus preferencias o aversiones y en especial tus rarezas (esas cosas que crees que solo te pasan a ti), etc. Anótalo todo en una lista y si puedo darte un consejo: escríbela a mano. Una vez tengas esa lista, si en dicha lista observas cosas que desearías ser y no eres, puedes hacer al menos tres cosas al respecto (probablemente más, pero empecemos por lo más elemental).
Una primera solución es replantearlas. Pensarás: “¿Cómo replantearlas?”. Pues sí, replantearlas, reconsiderarlas o si prefieres reescribirlas. ¿Por qué? Pues porque no hay peor juez que nosotr@s mism@s. El autojuicio por lo general lleva un aura de negativismo rotundo. Y no pocas veces perdemos el norte pensando que no podemos ser amables y compasivos con nosotros mismos, del mismo modo que un@ lo sería con un buen amigo que necesitara apoyo. Nos autoenjuiciamos, condenamos y a veces castigamos sin haber reconsiderado en lo más mínimo el hecho. Y esto lo hacemos más a menudo de lo que creemos. Un ejemplo práctico del día a día es cuando nos decimos: “¡Uy qué torpe soy!” cuando cometemos un error. Y claro que esto lo hacemos los altamente reactivos y los que no lo son. En este sentido, reconsiderar implica que tal vez eso que piensas que es un defecto inefable sea una cualidad mal trabajada. Tal vez dijiste que eres testarudo (¿pero acaso no eres también persistente?) o muy callado (¿o más bien soy una persona que sabe escuchar?) y desorganizado (¿o espontáneo?). Todo está en el punto de vista con el que se mire una situación.
Una segunda solución para los elementos problemáticos de la lista es trabajarlos. “¿Cómo trabajarlos?”. Pues buscar el origen de los mismos y evaluar la posibilidad que tienes por ti mismo o con la orientación de otra persona (preferentemente un profesional preparado en ello) de cambiar esos elementos. Muchos de estos elementos están enraizados en malos hábitos (cosas que no son buenas para ti, y lo sabes) pero que has cultivado por motivos diversos (por ejemplo como una forma fácil del manejo del estrés o emociones o como un método para encajar en un grupo). Otra forma en la que estos elementos problemáticos están anclados es a través de las falsas creencias o creencias limitantes. El punto de las creencias es que se fundamentan en una hipótesis que nos hicimos en un momento dado de nuestras vidas. Y en ese momento la hipótesis se descartó. Y sin pensar que las condiciones probablemente han cambiado (en muchos casos, solo por el paso del tiempo) seguimos pensando que ante esta y aquella condición el resultado siempre será el . Pues bien, en estos casos la estrategia más potente para trabajar dichas creencias es la experimentación personal de una nueva hipótesis. Podemos hablar de “experiencias emocionales correctivas” cuando experimentamos en primera persona nuevas hipótesis. Es decir, ante la respuesta rápida de nuestro cerebro predictivo de que la respuesta a esa hipótesis es “A”… contestar “¿o no? ¿Podría ser B?” Y ante este panorama entonces buscar la respuesta a esta nueva hipótesis y ver qué ocurre. Para evitar caer en círculos viciosos (provenientes del autosabotaje) lo ideal es que este trabajo sea supervisado por otra persona.
Y una tercera solución, después de aplicar las soluciones uno y dos, es aceptar esos defectos que siguen ahí. Es un paquete. Nadie es perfecto. Puede que otra persona aprecie esas rarezas tuyas. O puede que haciendo gala del concepto de humanidad compartida, te des cuenta de que eso que consideras raro, en realidad no lo es tanto y que otras personas comparten esa realidad. Sobre gustos no hay nada escrito. Puede que incluso haya alguna forma de darles un buen uso: conviértete en un experto en ese problema y busca ahondar en el mismo hasta que seas capaz de “darle la vuelta a la tortilla” (frase de pegatina que es totalmente cierta).
Lorea Zubiaga MD PhD
Ms Neurociencias
Investigadora Biomédica y Directora de Formación de PAS España
Fuentes:
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