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Cuando estar bien se convierte en una obligación (Jupsin)

2 de octubre de 2026 sensibil Comments Off

Vivimos en una época en la que parece que tenemos que estar constantemente mejorando. Dormir mejor, comer mejor, hacer ejercicio, meditar, gestionar nuestras emociones, poner límites, desconectar del móvil, ser productivos, cuidar nuestras relaciones y, por supuesto, aprender a cuidarnos.

El autocuidado, que debería ser una herramienta para nuestro bienestar, puede terminar convirtiéndose, paradójicamente, en una nueva fuente de presión y estrés. Y quizá algunas personas conocen especialmente bien esa sensación de tener que hacerlo todo bien.

Entre ellas encontramos personas con Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS), también denominada Alta Sensibilidad.

La alta sensibilidad es un rasgo de personalidad estudiado científicamente que hace referencia a una mayor sensibilidad y profundidad en el procesamiento de la información, tanto procedente del entorno como de la propia experiencia interna. No es una enfermedad, un trastorno psicológico ni implica, por sí misma, una mayor fragilidad emocional.

Las personas altamente sensibles (PAS) pueden percibir con especial intensidad determinados estímulos, procesar profundamente las experiencias, mostrar una elevada conciencia de los matices y verse más afectadas por contextos muy estimulantes.

Pero la sensibilidad no determina por sí sola cómo una persona va a sentirse o comportarse. El contexto, la historia personal, los recursos psicológicos y las circunstancias vitales tienen también un papel fundamental.

Y aquí aparece una cuestión especialmente interesante: ¿qué ocurre cuando eres PAS y tu sensibilidad se convierte en la necesidad de bienestar como una exigencia más?

La autoexigencia no consiste simplemente en querer hacer las cosas bien. Puede convertirse en un patrón en el que la persona siente que debería alcanzar continuamente un determinado nivel de rendimiento, control o bienestar.

Una persona puede pensar: “Tengo que gestionar mejor mis emociones”, “No debería darle tantas vueltas a las cosas”, “Tengo que aprender a poner límites”, “Debería estar más tranquila”, “Tengo que aprovechar mejor mi tiempo” o incluso “Después de todo lo que sé sobre psicología, no debería sentirme así”.

Este último pensamiento lo escuchamos con frecuencia en consulta, el conocimiento que debería ayudar a comprenderse se convierte, sin querer, en un nuevo criterio con el que juzgarse.

En las PAS puede aparecer, en determinadas circunstancias, una particular tendencia a analizar profundamente lo ocurrido, anticipar posibles consecuencias o detectar numerosos matices de una situación. Estas capacidades pueden ser valiosas, pero cuando se combinan con perfeccionismo, miedo al error o necesidad de control, pueden alimentar la autoexigencia.

Pensemos, por ejemplo, cuando vuelves a casa después de un día intenso. Has tenido muchas reuniones, ruido, conversaciones y decisiones que tomar. Te sientes cansada y necesitas estar sola durante un rato.

Sin embargo, en lugar de interpretar ese cansancio como una señal de recuperación, piensas: “Otra vez estoy saturada. Debería aprender a gestionar mejor estas situaciones”. Y ahí se produce un pequeño pero importante cambio. Ya no estás escuchando tu necesidad. Estás evaluándote!

Es importante insistir en esta distinción porque alrededor de la alta sensibilidad se han generado algunas ideas que pueden resultar poco útiles. Una PAS no está necesariamente más ansiosa, más triste o menos capaz de afrontar las dificultades.

Lo que sí puede ocurrir es que determinadas personas sean especialmente sensibles a las características de su entorno. Un ambiente excesivamente estimulante, relaciones conflictivas, falta de descanso o situaciones mantenidas de estrés pueden resultar especialmente demandantes.

Pero también puede suceder lo contrario: un entorno seguro, comprensivo y adecuado puede favorecer notablemente su bienestar. Por eso prefiero hablar de sensibilidad al contexto antes que de fragilidad.

El problema aparece cuando, como PAS interpretas esa sensibilidad como un defecto que corregir. Cuando piensas “Soy demasiado sensible”, “Me afecta todo”, “Debería ser más fuerte”, “Los demás pueden con esto y yo no”.

Son pensamientos que no ayudan a regular la experiencia, todo lo contrario, ya que añaden una segunda capa de sufrimiento a la dificultad original.

Existe actualmente una enorme oferta de mensajes relacionados con el bienestar. Y muchos son positivos y necesarios. El problema no está en querer cuidarnos, sino en convertir el autocuidado en una obligación permanente.

Podemos terminar viviendo con una especie de lista invisible de tareas psicológicas: tengo que descansar, pero de una determinada manera; tengo que poner límites; tengo que ser resiliente; tengo que gestionar bien mis emociones; tengo que evitar pensamientos negativos; tengo que desconectar; tengo que ser feliz.

Y entonces aparece una paradoja, la de intentar relajarte y al mismo tiempo exigirte hacerlo de manera correcta.

En consulta, una pregunta que puede resultar muy reveladora es: “¿Lo que estás haciendo para cuidarte te está ayudando realmente o se ha convertido en otra cosa que tienes que hacer bien?”. A veces la respuesta sorprende.

Otra característica que puede acompañar a la autoexigencia es la necesidad de encontrar una explicación para todo lo que sentimos.

Si estoy triste, necesito saber por qué. Si estoy cansada, necesito averiguar qué estoy haciendo mal. Si una relación no funciona como esperaba, necesito analizar cada conversación. Si algo me preocupa, intento anticipar todas las posibilidades.

Comprendernos es saludable. Pero comprender no significa controlar.

Hay experiencias que necesitan ser pensadas, otras que necesitan ser sentidas y algunas que simplemente necesitan tiempo.

Para una persona acostumbrada a procesar profundamente, aprender a detener el análisis puede ser tan importante como aprender a reflexionar.

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