“Con nosotros comienza el reino de los hombres con las raíces amputadas. El hombre multiplicado que se mezcla con el hierro y se alimenta de electricidad. Preparemos la próxima identificación del hombre con el motor.” —Filippo T. Marinetti, Manifiesto Futurista (1910)
Estas palabras, escritas hace más de un siglo, anticiparon con una mezcla de entusiasmo y fatalismo un futuro en el que la humanidad estaría entrelazada de manera irreversible con sus máquinas. En aquel entonces, Marinetti exaltaba esta simbiosis como una liberación de las ataduras del pasado, de las raíces que, según él, limitaban al ser humano. Sin embargo, desde nuestra perspectiva contemporánea, ¿fue esa identificación con el motor una promesa de emancipación o un preludio a la alienación y decadencia de lo humano?
Súbitamente, con el siglo XXI, nos hemos sumergido en la era de la inteligencia artificial (IA) y las máquinas pensantes: un sueño utópico para algunos y una pesadilla distópica para otros, que hoy se ha vuelto una realidad inquietante. Lo cierto es que, cada vez más, nuestras vidas están mediadas, e incluso determinadas, por algoritmos y sistemas autónomos que toman decisiones en ámbitos tan fundamentales como la salud, la educación y la economía. ¿Acaso este avance tecnológico alberga algún tipo de amenaza? ¿Qué sucederá cuando el ser humano abandone por completo sus raíces, sus formas, sus modos, su vínculo con la naturaleza, su lenguaje y su cultura en favor de un completo dominio de la técnica?
Martin Heidegger, en su texto Serenidad, ofreció una perspectiva tremendamente lúcida para abordar esta relación del ser humano con la técnica. Aun cuando fue escrito en 1955, su texto resulta pasmosamente actual al poner en cuestión el hecho de que la tecnología moderna tiende a reducir el mundo y al ser humano a un objeto más entre una colección de otros objetos. El pensador de la Selva Negra llamó pensamiento calculador a una forma de pensar que se afana por el resultado, la utilidad, la ganancia y la funcionalidad inmediata, mientras que denominó pensamiento meditativo a una forma reflexiva y pausada, ajena a la urgencia de lo cotidiano, que busca responder a las cuestiones esenciales de la existencia.
Sin embargo, Heidegger creía que el pensamiento meditativo no era una oposición a la técnica, sino más bien una cualidad que nos permitiera reflexionar sobre, por ejemplo, ¿qué significa que nuestras máquinas, diseñadas para servirnos, comiencen a redefinir nuestras prioridades y valores?
Si bien el progreso técnico ha sido una promesa consciente de eficiencia y comodidad, Heidegger nos advirtió que, sin un pensamiento meditativo que equilibre al calculador, corremos el riesgo de perder nuestra capacidad de cuestionar las condiciones de nuestra existencia y de optar por una creencia ingenua en una libertad duradera.
Hoy en día, la tecnodependencia humana es un hecho constatado. No podemos vivir sin las máquinas, al punto de que necesitamos un smartphone o un ordenador incluso para las tareas más rutinarias: llegar de un lugar a otro, preparar una comida, recordar un número telefónico o buscar una palabra cuyo significado hemos olvidado.
Marinetti imaginaba un “hombre multiplicado”, fusionado con el hierro y alimentado por electricidad, como el ideal de una humanidad transformada. Pero en este proceso, ¿qué sucede con aquello que hemos definido como el reino de “lo humano”? Pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han y Michel Nieva han reflexionado sobre este riesgo desde diferentes ángulos.
Han, en Psicopolítica, señala cómo la tecnología, en su afán de optimización y control, no solo organiza nuestras acciones, sino también nuestra forma de pensarnos a nosotros mismos. Bajo la lógica de la productividad, el ser humano se convierte en un engranaje más de una maquinaria global, perdiendo su capacidad para la contemplación y la introspección. Por su parte, Nieva advierte sobre la colonización de nuestras imaginaciones por narrativas tecnológicas que presentan la fusión con las máquinas como un destino inevitable, marginando cualquier alternativa que priorice el desarrollo integral del ser humano.
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“¿Máquinas al mando? El desafío de preservar lo humano en la era de la inteligencia artificial”. Por Pedro Salinas-Quintana
“Con nosotros comienza el reino de los hombres con las raíces amputadas. El hombre multiplicado que se mezcla con el hierro y se alimenta de electricidad. Preparemos la próxima identificación del hombre con el motor.”
—Filippo T. Marinetti, Manifiesto Futurista (1910)
Estas palabras, escritas hace más de un siglo, anticiparon con una mezcla de entusiasmo y fatalismo un futuro en el que la humanidad estaría entrelazada de manera irreversible con sus máquinas. En aquel entonces, Marinetti exaltaba esta simbiosis como una liberación de las ataduras del pasado, de las raíces que, según él, limitaban al ser humano. Sin embargo, desde nuestra perspectiva contemporánea, ¿fue esa identificación con el motor una promesa de emancipación o un preludio a la alienación y decadencia de lo humano?
Súbitamente, con el siglo XXI, nos hemos sumergido en la era de la inteligencia artificial (IA) y las máquinas pensantes: un sueño utópico para algunos y una pesadilla distópica para otros, que hoy se ha vuelto una realidad inquietante. Lo cierto es que, cada vez más, nuestras vidas están mediadas, e incluso determinadas, por algoritmos y sistemas autónomos que toman decisiones en ámbitos tan fundamentales como la salud, la educación y la economía. ¿Acaso este avance tecnológico alberga algún tipo de amenaza? ¿Qué sucederá cuando el ser humano abandone por completo sus raíces, sus formas, sus modos, su vínculo con la naturaleza, su lenguaje y su cultura en favor de un completo dominio de la técnica?
Martin Heidegger, en su texto Serenidad, ofreció una perspectiva tremendamente lúcida para abordar esta relación del ser humano con la técnica. Aun cuando fue escrito en 1955, su texto resulta pasmosamente actual al poner en cuestión el hecho de que la tecnología moderna tiende a reducir el mundo y al ser humano a un objeto más entre una colección de otros objetos. El pensador de la Selva Negra llamó pensamiento calculador a una forma de pensar que se afana por el resultado, la utilidad, la ganancia y la funcionalidad inmediata, mientras que denominó pensamiento meditativo a una forma reflexiva y pausada, ajena a la urgencia de lo cotidiano, que busca responder a las cuestiones esenciales de la existencia.
Sin embargo, Heidegger creía que el pensamiento meditativo no era una oposición a la técnica, sino más bien una cualidad que nos permitiera reflexionar sobre, por ejemplo, ¿qué significa que nuestras máquinas, diseñadas para servirnos, comiencen a redefinir nuestras prioridades y valores?
Si bien el progreso técnico ha sido una promesa consciente de eficiencia y comodidad, Heidegger nos advirtió que, sin un pensamiento meditativo que equilibre al calculador, corremos el riesgo de perder nuestra capacidad de cuestionar las condiciones de nuestra existencia y de optar por una creencia ingenua en una libertad duradera.
Hoy en día, la tecnodependencia humana es un hecho constatado. No podemos vivir sin las máquinas, al punto de que necesitamos un smartphone o un ordenador incluso para las tareas más rutinarias: llegar de un lugar a otro, preparar una comida, recordar un número telefónico o buscar una palabra cuyo significado hemos olvidado.
Marinetti imaginaba un “hombre multiplicado”, fusionado con el hierro y alimentado por electricidad, como el ideal de una humanidad transformada. Pero en este proceso, ¿qué sucede con aquello que hemos definido como el reino de “lo humano”? Pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han y Michel Nieva han reflexionado sobre este riesgo desde diferentes ángulos.
Han, en Psicopolítica, señala cómo la tecnología, en su afán de optimización y control, no solo organiza nuestras acciones, sino también nuestra forma de pensarnos a nosotros mismos. Bajo la lógica de la productividad, el ser humano se convierte en un engranaje más de una maquinaria global, perdiendo su capacidad para la contemplación y la introspección. Por su parte, Nieva advierte sobre la colonización de nuestras imaginaciones por narrativas tecnológicas que presentan la fusión con las máquinas como un destino inevitable, marginando cualquier alternativa que priorice el desarrollo integral del ser humano.
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